Juguemos a la rayuela…

La contranovela , tal como la definió su constructor, puedo decirles que fue —para mi— un valle inhóspito que me confronto con relatos aún confusos. A cierta altura, hubo momentos que sentí que mis sienes no podían cargar con el sobrehumano peso de su estructura. Con esta lectura sé que no logré conectarme, identificarme o hacerme verdadero cómplice de los capítulos, de extensión corta pero con recónditos parajes que aún no logro engullir. Muchas de las hojas que leí en un desorden metafísico, siempre teniendo presente la idea que este trabajo —pionero del surrealismo literario— viene de otrora y que en mi ahora se volvieron una faena dura de lidiar con los sucesos de aquella época y en particular en aquellos puntos fijos del orbe que relucían por el calor que irradiaron los ideales que de ahí salieron.

Esto no quita que me sienta satisfecho, de girar la última página y rescatar a los personajes en mi novela ideal, eso si, bastante inconclusa. Tendré que releerlo, ahora partiendo del orden que sugiere la pluma ardiente y enriquecerme con el nuevo universo de probabilidades que pueden nacer dentro de mí.  Pero eso será, dentro de mucho tiempo, después. Por ahora, alabo este pedazo de obra que nace de un orden incongruente pero que cada día que pasa, crea un nuevo rompecabezas en mí.

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